Thursday, May 25, 2006

M30


Hay una estupenda página de Frankin en su álbum Ideas negras, recientemente reeditado, en la que un hombre y su pequeña casita se ven amenazados por enormes y monstruosos dinosaurios-grúa. Así me siento yo cada vez que paso por la M30. Los que no vivís en Madrid no os podéis hacer ni una ligera idea de lo que es esto. Alguien lo comparaba con vivir en medio de trincheras y de edificios destruidos por la guerra. Algo de eso hay, pero, sin haber tenido ninguna experiencia bélica, me atrevo a decir que va más allá. Antes, la M30 era una autopista cutre, llena de curvas cerradas, desvíos traicioneros y entradas y salidas horribles. Ahora es una trocha por una selva de grúas y máquinas enormes, que yo, con mi moto trail, mixta asfalto-todo terreno, tengo dificultades para seguir.
Acabo de ver en un página web el también monstruoso coste de la obra: tan solo los 5 km del túnel sur van a costar 700 millones de euros. Cada madrileño lleva invertido en la obra 230.000 de las antiguas pesetas.
Y todo para qué: para tener una autopista de circunvalación subterránea de tres carriles por lado. ¿Servirá para mejorar el tráfico? No. Los coches no caben en la superficie. Soterrarlos no arregla el problema. ¿Mejorará la estética de la ciudad? Dicen que sí, pero de momento han arrasado con miles de árboles.
Entonces, ¿para qué tamaño despropósito? Algunos dicen que en realidad este proyecto es una tumba faraónica para enterrar a Gallardón. Yo creo que en realidad están buscando los restos de alguna misteriosa ciudad enterrada, quizá de aquella que salía en La torre de los siete jorobados. Me temo que la realidad es más prosaica: comisiones, megalomanía, beneficios rápidos a costa del erario público.
Y lo que más pena me da es que cruzando el puente de Segovia, del lado de Madrid, había una acacia enorme, que bebía con sus raíces del río desde quién sabe cuanto tiempo atrás. En primavera parecía arder en verde, sana, robusta, irguiéndose sobre un parapeto de piedra y un rebosadero que hacía de estanque para algunos patos despistados. Ya no queda ni rebosadero, ni acacia, ni, por supuesto, patos. Con hormigón y acero se pueden construir muchas cosas, pero no se puede hacer un árbol centenario. Nadie va a poder devolvernos esos árboles talados, mutilados, destruidos. Y si los plantan, cuando tengan el tamaño de aquel del que hablo, y suponiendo que pudieran crecer sobre el cemento, yo ya estaré muerto. Gallardón, me has robado mis árboles, un pedazo del Madrid más bello que recuerdo, y eso no te lo perdono.

3 comments:

Julián Díez said...

Desafortunadamente, el Madrid arbolado, el Madrid acogedor con el forastero -que no necesariamente turista adinerado-, el Madrid de la gente que hablaba en la calle, el Madrid progresista y republicano... bueno, simplemente murió. Hoy queda una ciudad especulativa y hortera, construida a medida de las inmobiliarias y los ejecutivos que necesitan un entorno lo más confortable posible para seguir con su workoholismo.
A estas alturas, no se puede luchar contra ello. Sólo aceptarlo o huir.

Pily B. said...

Sólo aceptarlo o huir... pero duele tanto aceptarlo (porque huir, en mi caso, es imposible. No podría vivir sin esta ciudad). Madrid duele, y mucho. :-(

Edu said...

Es una nueva edición de lo que decía en el otro post sobre los cinco minutos y los sucedáneos. Al Madrid de los que hemos vivido aquí desde siempre nos lo estan cambiando por otra cosa que, curiosamente, se llama igual.
Supongo que bajo el nombre Magerit-Madrid ha habido muchas ciudades, castros celtas, villas romanas, aldehuelas medievales, capital de imperio, corte decadente, ruina de guerra, ciudad en crecimiento desbocado, loco, sin ninguna plafinicación medianamente inteligente que aún continua desde los sesenta.
Mi Madrid del recuerdo es ya otra cosa. Cuando vivía en Lavapiés esa otra cosa sabía bien, compleja. Madrid digería con alegría otras culturas, como siempre ha hecho. Ahora en Puerta del Ángel un poco menos, aunque sigue siendo un barrio antiguo, con personalidad. Del futuro, como siempre nada se sabe aúnque algo se intuye. Y no mola.
No me gustaría tener que huir, y si lo hago, seguro que vuelvo de vez en cuando a visitar ciertos rincones, a empaparme de ciertas sensaciones que , sin casi querer, he convertido en una especie de colección arquitectónico-vital. Me refiero a tonterias de esas como esperar la primavera para ver reverdecer la acacia enorme esa que se han cargado.