Monday, May 29, 2006

Marte


En una época de mi vida viví un par de meses en Marte. Dicho así, a muchos les puede parecer raro. A otros, sin embargo, les resultará de lo más normal; me conocen mucho y consideran que, Luna o Marte, a menudo estoy en otro mundo. Me he acordado de ese período al descubrir un nuevo invento de Google, el Google Mars.Se trata de un mapa fotográfico de Marte al estilo de Google Earth. Ya ese invento del Google Earth me parece increíble, una prueba de cómo cambia el mundo a menudo a pasos graduales pero constantes. Navegar por él y localizar mi pequeño ático (longitud -3.728571090206637, latitud 40.41301030609488, que no se ve del todo bien, pero sí lo suficiente como para reconocerlo), me parece un sueño tecnológico hecho realidad. Entrar en Google Mars es algo distinto, la Tierra es nuestro planeta y con sus rarezas y maravillas es más o menos accesible. Sin embargo, Marte es aún un espacio para el sueño, uno de los territorios que he visitado con la imaginación muchas veces desde que comencé a leer ciencia ficción. La primera visita que recuerdo, aunque puede que hubiera otras anteriores, me la proporcionó Crónicas Marcianas . El Marte de Bradbury era científicamente anacrónico ya en el momento de publicarse el libro, pero da igual. Los estupendos cuentos que recopila son auténticos en relatar un espacio lejano y planetario como desafío, como futuro y al final como reflejo del comportamiento del hombre en nuestro propio planeta. Ya desde entonces, sobre todo desde el cuento de las arenas de Marte, identifico al planeta yermo con una especie de desierto distinto, un vacío rojo en el que volcar anhelos, sueños arquetípicos y propios, con un espacio de soledad intensa, terrible y a la vez desafiante. Un lugar en el que hubo vida y fracasó; hubo, quizá, una civilización avanzada y también fracaso y, todo, ecosistema y cultura, son solo polvo, o quizá hielo.

Otra visita intensa, aunque breve al Marte literario de la ciencia ficción, se la debo a Lem. El cuento Ananke, transcurre en un Marte polvoriento y mucho más real, perfecto marco para el ya no tan joven piloto Pirx.

Ha habido más, como el famoso cuento En el salón de los reyes marcianos, que contribuyeron a que se me formase en la memoria una imagen borrosa, en gran medida inventada, pero no por ello menos real, del planeta rojo. Esa imagen de Marte ha cuajado en un relato, una novela corta y otra novela ambientados en el planeta.

Dulces dieciséis es el relato. Publicado en la revista 2001, es el que más me gusta. Me atrae la sociedad post-colonial que aparece en el cuento. Creo que refleja la imagen, un tanto melancólica y triste, de un Marte pionero, donde los primeros colonos han dado paso a los segundos y están, literalmente, fagocitando la herencia del planeta, cambiando para adaptarse.

La invasión es la novela corta, un intento fallido (me pase de violencia, creo) de escribir una novela juvenil ambientada en un futuro tras una guerra Marte/Tierra que, por cierto, ha perdido la Tierra. No descarto arreglarla algún día. El Marte de esa novela corta, solo sale en un primer capítulo, pero da una imagen diferente, mucho más boyante que la del cuento, más positiva y futurible.

Stranded es la novela. En el 2001, mi buen amigo Juan Miguel Aguilera me proporcionó la inmensa oportunidad de colaborar con él novelizando el guión de la película Stranded. Tras unos meses de intenso trabajo terminamos la novela que, como todas las novelizaciones al uso, dependía del éxito de la película para salir adelante, cosa que no se produjo, por desgracia. Pasado el tiempo reconozco que está un poco lastrada por su origen fílmico, aunque no tanto como suelen estarlo las novelizaciones que existen. Podría haber sido mejor, sí, pero también peor, mucho peor. A estas alturas da igual, yo me lo pasé muy bien aquellos meses que, junto con Juanmi, me trasladé al planeta Rojo. Sí, esa fue la causa de la mudanza, esa y que yo no estaba en aquella época para pisar mucho terreno firme, real. Tuvimos que documentarnos, pensar mucho los escenarios, la tecnología. Al final fue casi una obsesión, una divertida obsesión de un proyecto alocado, como todo lo que tiene que ver con el extraño mundo del cine. (Algún día contaré algo de mi corta experiencias con el séptimo arte español).

Por eso, ahora, al ver el extraordinario mapa de Marte del Google Mars, no puedo por menos que sentir cierta nostalgia de aquel lugar que nunca visité pero donde medio residí unos cuantos meses de mi vida. Tanto es así que hasta he estado buscando el sitio donde se desarrolla la novela. Según recuerdo, la nave se estrelló en uno de los meandros del valle Marineris. Podría ser, perfectamente, una zona como la que he puesto en la fotografía. Casi es como poner una foto de un sitio que se ha visitado. A mí me trae prácticamente los mismos recuerdos.

También en un meandro de ese enorme cañón que empequeñece cualquier comparación terrestre, comienza la novela corta. Dulces dieciséis, sin embargo, se desarrolla en un utopía planitia, una enorme llanura meridional.

Si alguna vez vais por aquellos sitios, no dejéis de acordaros de mí, por favor. Haced fotos y, si podéis llevarme, mucho mejor, intentaré serviros de guía, aunque es probable que me pierda, allí no funcionan los gps's aún.

2 comments:

Juanmi said...

Precisamente ahora estoy preparando una conferencia sobre el tema del diseño de escenarios. En cada novela que he escritos he sentido exactamente lo mismo que describes, esa sensación de "inmersión" total en un ambiente, esa obsesión que te lleva a hablar de ello con cualquiera a la menor ocasión. A veces es una puñeta, porque la vida eal se queda fuera, a veces es como una droga, pero tengo claro que lo único que me proporciona realmente placer a la hora de escribir. Sí, Edu, yo estuve contigo en Marte, y poco despues estuve con Rafa Marín en un poblado maya a principios del siglo XVI. Es increíble, ¿no?

Edu said...

Y luego nos llaman despistados... y tienen razón, despistados en el mundo real, pero quizá no en esos otros mundos. Y es que el cerebro funciona de una manera muy curiosa. Cuando se mira a alguien hacer un movimiento o cuando se imagina que se hace, se activan las mismas zonas del cerebro que si se hiciese de verdad ese movimiento. No me extrañaría que cuando se imagina un mundo, sobre todo cuando se hace con mucho detalle, se ubique en las zonas que usamos para reconocer y aprender cosas del mundo real. De ahí que la sensación sea tan parecida. Y, ahora que lo pienso, ahí radica mucho del poder evocador de la literatura.